martes, 28 de septiembre de 2010

Visita al Paraiso Abugida


El segundo día de nuestra estancia en Addis Abeba fuimos a visitar la escuela de Abugida, proyecto de la ONG Mediterranea con la que ABAY colabora ( http://blogabay.wordpress.com/2010/08/31/colaboracion-con-ong-mediterranea-guarderia-en-abugida ). Era un día importante en Etiopía pues, a parte del cumpleaños de Eshetu, era el día de Haile Selassie. Muy a propósito, nuestro nuevo conductor era Rasta y llevaba la camioneta decorada con símbolos del emperador, gracias a él comprendimos que los tamborcitos que se venden en los mercadillos de ABAY resultan ser adornos para colgar del espejo retrovisor del coche.
 
 La escuela está en Akaki y a parte de ser escuela y guardería tiene un comedor que da de comer y desayunar diariamiente a todos sus niños, y organiza clases de amárico para adultos por las tardes. Al ver la escuela entendí perfectamente lo que  Paco quiere decir cuando sueña que nuestra escuela en Walmara se parezca al paraíso Abugida.

Cuando llegamos a la escuela, dejando atrás el tráfico imposible de Addis Abeba y su aire irrespirable, nos encontramos con el mejor recibimiento que podíamos imaginarnos. En la puerta nos esperaba Zerium y dentro, con toda la expectación del mundo concentrada en sus sonrisas, los maravillosos niños de Akaki. Los niños, fuera de sus aulas, estaban a derecha e izquierda, sobre las escaleras que llevan a las oficinas y a las clases. Con sus uniformes y sus miradas intensas agitaban las manos nerviosos, como si fuésemos más de lo que realmente éramos.

Nos quedamos paralizados mirándolos, muy emocionados y conmovidos. Una de las niñas de la escuela se acercó a nosotros con un ramo de flores como regalo de bienvenida y ni ninguno de nosotros fue capaz de cogerlo en un primer momento, la pobre niña se quedó parada ante nuestra propia parálisis, y con cara de no entender nada volvió la vista hacia sus maestras. Al darme cuenta le cogí las flores y le bese la cara, me sentía en cierto modo avergonzada de tener entre las manos un regalo que no sentía merecer. 

  
Luego los niños nos cantaron algunas canciones y después se rompió el orden de las escaleras y todos comenzamos a bailar, enseñados por los pequeños maestros de baile etíopes. 


video



 Invertimos casi todo el tiempo  bailando y riendo con los niños y después, cuando llegó la hora de la comida, pasamos a visitar la escuela.  Pasamos por las clases de los mayores


 Por la guardería recién organizada por las voluntarias que estaban en ese momento en la escuela



Vimos comer a los melones (niños entre 2 y 4 años)


 Y como los bailarines aguardaban cola para lavarse las manos antes de pasar al comedor



Después, antes de salir hacia Wonji, nos obsequiaron con la ceremonia del café. Edu pasó allí el día entero, fascinado por el lugar donde que estaría, una semana después, trabajando como voluntario.



Salimos de Abugida felices, pensando, como el Principito, que lo que embellece al desierto es que esconde un pozo en cualquier parte.


martes, 14 de septiembre de 2010

Descubriendo a Gebre Menfes Kedus

El primer día del viaje tardamos en salir del hotel, le dedicamos nuestro tiempo al desayuno, a ordenar nuestras cosas y a repasar todos los objetivos a cumplir en los próximos días. La impresión inicial era la de que todo transcurría lento, a un ritmo diferente, tal vez por el cansancio acumulado del viaje, tal vez porque detener el tiempo es la mejor forma de disfrutar de Etiopía.

En el plan inicial del viaje no teníamos nada especial programado para ese primer día de aterrizaje así que cuando nuestro guía y amigo Eshetu nos propuso visitar una iglesia cercana a Addis a todos nos pareció bien. En el mismo hotel nos juntamos con una de las familias ABAY que habían viajado a Etiopía unos días antes a recoger a su tercer hijo y repartidos en dos coches salimos de Addis tomando la carretera que conduce a Djibuti.

El monasterio de Zekwala Maryam (en otros textos también trascrito como Zuquala Maryam) se encuentra a unos 30 km de Addis Abeba, en dirección a Awash. Este monasterio se encuentra en lo alto del Monte Zekwala (o Zuquala), un volcán aislado en medio de la llanura y cuyo cráter se ha convertido en un frondoso bosque tan rico en vegetación como en fauna.

De camino al monasterio hicimos una parada al pasar el rio Awash, de agua turbia y caudalosa como corresponde a la temporada de lluvia. Justo antes del puente en que nos detuvimos había un pequeño poblado, y desde él vinieron corriendo hacia nosotros los primeros niños a saludarnos, hablarnos y observarnos con toda la curiosidad que cabe en los inmensos ojos etíopes.



El monasterio fue fundado por el monje egipcio Gebre Menfes Kedus (Siervo del espíritu Santo) que según la tradición popular llegó desde el desierto a Etiopía cuando reinaba Lalibela. Fue precisamente con el rey Lalibela con quien emprendió un largo viaje desde el norte de Etiopía hasta los alrededores de Addis Abeba, y al descubrir el apacible cráter del Zekwala donde el monje le pidió al rey que construyera una iglesia a imagen de las de Lalibela tal y como el soñó que harían en un sueño.



Excavada en la roca la iglesia fue prácticamente destruida por las incursiones musulmanas de Ahmed Gran y reconstruida en 1912 por Haile Selassie. Su fachada consta de 24 ventanas representando los 24 sacerdotes celestiales y 10 puertas, una por cada mandamiento. En su interior, como en todas las iglesias que visitaríamos en adelante, se guardan numerosas pinturas representando escenas de la biblia y una réplica del preciado Tabot (arca de la alianza), así como los instrumentos empleados en la liturgia y otros ornamentos como sombrillas y cruces. Uno de los tres diáconos de la iglesia nos mostró algunos de estos objetos



Entre estas pinturas se encuentra una imagen del monje Gebre Menfes Kedus rodeado de animales puesto que la tradición popular cuenta que en los desiertos de Egipto convivía con tigres y leones. También se cree que el santo no comió ni bebió ningún miércoles en toda su vida y que por este motivo ascendió al cielo en vida. En la iglesia hay dos celebraciones al año para conmemorar al santo a las que acuden muchos peregrinos desde Addis Abeba y que son unas de las festividades más populares de Etiopía.


En el interior del lago se encuentra un pequeño lago cuya agua es considerada bendita. Parece ser, según nos dijo Eshetu, que en Etiopía hay varias fuentes en honor del santo egipcio a las que se atribuyen propiedades curativas.

Tras la visita al monasterio disfrutamos del bullicio de un mercado cercano donde el ganado, los cereales y el juego de los niños se mezclaban en cada metro cuadrado de tierra y nos marcaban la retina con las primeras imágenes y rostros de nuestra querida Etiopía.



martes, 7 de septiembre de 2010

El grupo ABAY parte rumbo a Addis Abeba

Cuando regresé de mi primer viaje a Etiopía mucha de la gente de mi entorno –trabajo, familia, amigos- me preguntaba si había sido muy duro viajar, como dice el libro, al mismísimo “corazón del hambre”, si el ver, oler, tocar, escuchar las imágenes, aromas, sonidos, crudezas y maravillas de África, no me había dejado el mío roto . A mi me costaba, como si la injera me hubiera dejado sin habla, explicar que lo realmente duro fue el regreso, y aún a día de hoy me parece imposible expresarlo.

Desde el principio tuve la impresión de que el viaje seguía de alguna manera, que las nueve horas de vuelo que separan el allí del aquí solo tienen un sentido, el de ida, y que en adelante, bien en Madrid, en Granada, en Addis Abeba o en Bahar-dar, el viaje afortunadamente, continuaría.

Empezar a escribir este blog fue una manera de empezar yo misma a prolongar ese viaje. En la primera entrada me propuse, cogiendo prestado un poema fantástico de Amalia Bautista, tender un puente imaginario entre España y Etiopía, y fue casualmente el blog quien, días después, me tendió ese puente a mi poniéndome en contacto, a través del proyecto “turismo solidario” con la asociación ABAY. Quién me iba a decir en aquel momento, que sería con ABAY con quien regresaría a Etiopía un año después.

Así comienza el segundo viaje:

Nos encontramos en Barajas sobre las diez de la mañana, éramos cuatro personas, cinco maletas, cuatro bolsas de mano y una silla de ruedas. Íbamos ligeros de equipaje pero cargados de cuadernos infantiles, ropa deportiva, ilusión y muchas ganas de pisar suelo etíope. Viajamos con la Turkis, haciendo escala en Estambul, y esperando a facturar cruzábamos los dedos porque no pusieran pegas a nuestro exceso de equipaje. La silla de ruedas iba embalada y un empleado tuvo que venir a por ella, nos dijo que habíamos tenido suerte, que en otro vuelo no hubiera sido posible llevarla a Etiopía.

El vuelo a Estambul salió con retraso pero recuperamos algo de tiempo durante el trayecto. Aterrizamos en el aeropuerto de Ataturk más o menos con una hora para el enlace. Al bajar del avión una persona nos esperaba para guiarnos en el tránsito y nos hizo atravesar, prácticamente corriendo, los pasillos del aeropuerto.



El vuelo desde Estambul hacia Addis Abeba se nos hizo corto, a pesar de la impaciencia. Edu y yo intentamos aprender unas cuantas palabras en amárico: and, hulet, sost…. Las cinco horas de vuelo pasaron sin darnos cuenta.

La llegada a Bole fue tal y como la recordaba, como si todo hubiera quedado intacto desde que nos fuimos. La habitación alargada donde sacar el visado, la primera sonrisa etíope al sellar el pasaporte, la humedad de estación de lluvias, el olor intenso a berberre y a tierra mojada…

Fuera estaba lloviendo, se intuía mientras esperábamos, rodeados de maletas extraviadas desperdigadas por el suelo del aeropuerto, la salida de nuestro equipaje. Aunque contentos, el cansancio del viaje nos mantenía en silencio. Afortunadamente todas las maletas llegaron pero de nuevo, como el año anterior, tuvimos que retroceder unos metros e ir al mostrador de objetos perdidos a declarar que la silla de ruedas nos había abandonado en algún punto del viaje. La persona que nos atendió fue extremadamente amable y paciente con nosotros aún cuando nos encogimos de hombros y no supimos decirle el color de la silla perdida (su traslado era un encargo) ni le tembló la sonrisa cuando quiso que pesásemos de nuevo el equipaje y le preguntamos unas diez veces porque teníamos que pesarlo todo otra vez si ya lo habían hecho en España…. Pero lo que tiene la sonrisa etíope de amable también lo tiene de insistente y al final, después de repetirnos veinte veces que “sólo era el procedimiento”, apartó las maletas, nos sacó un peso analógico de los que ya no hay en España, y uno a uno fuimos pesando todos nuestros bártulos.


Al salir del aeropuerto el frio y la lluvia nos hicieron correr hacia el aparcamiento junto al taxista con el que ya habíamos pactado el precio. Alrededor del taxi azul y blanco unos diez muchachos estaban al acecho de las maletas, para ayudarnos a cargarlas aunque solo fuera un metro y recibir con ello algo de propina.
Metimos milagrosamente las maletas en el coche y salimos hacia el hotel Green Valley, nuestra residencia para los próximos diez días.

Todos dormimos mal esa primera noche. Alterados por el viaje, por estar allí, en un mundo que nada tiente que ver con nuestro mundo de todos los días. Sobrecogidos por la intensidad de lo que nos esperaba. Recordando que el frío de la noche, como todo en Etiopia, cala hasta lo más profundo del cuerpo.