sábado, 22 de agosto de 2009

8 de Julio de 2009: Momentos en Lalibela

Cada día en Etiopía estuvo sembrado de imágenes y situaciones imborrables. Personas a las que no volveremos a ver pero a las que recordaremos cada vez que recreemos este primer viaje a Etiopía.

Estas son algunas de las joyas que nos encontramos en Lalibela:

Durante toda la visita a las Iglesias nos acompañaron, a parte de nuestros guías, dos personas, uno de ellos era un guía local destinado a enseñarnos y explicarnos el complejo y el otro, servicial y sonriente en cada momento, se encargaba de llevar nuestro calzado (para entrar en los templos es necesario descalzarse) de la puerta de entrada a la puerta de salida de cada una de las iglesias. Nadie nos explicó si ese era su trabajo o simplemente lo hacía para ganarse el alimento con la propina que por supuesto le dimos, pero el caso es que nos quedamos con la boca abierta la primera vez cuando al salir por una puerta distinta a la de entrada nuestros zapatos estaban milagrosamente esperándonos. Y lo más sorprendente de todo es que desde el primer momento supo exactamente cual era el calzado de cada cual. Era un hombre realmente entrañable:




La visita a los dos grupos de Iglesias la dividimos en dos, visitamos el primer grupo por la mañana, y el segundo y Bete Giorgis por la tarde. Entre medias comimos injera en un restaurante tradicional cercano al hotel y fantaseamos con la idea de montar un restaurante etíope en Madrid (¡no hay ninguno!). Antes de comer, en la parte de fuera, estuvimos entreteniéndonos con un juego de origen africano llamado GABATA (también llamado WARI http://www.efdeportes.com/efd9/jue9131.htm). Había un tablero hecho de piedra cerca de la puerta y aunque Million no se acordaba muy bien de las reglas del juego, un hombre que andaba por allí se sentó con nosotros y echaron juntos una partida (un ejemplo más de amabilidad). :



Mientras jugaban me di cuenta de que el reloj del hombre marcaba las 8 de la tarde, me fijé porque sí, sin ser consciente de ello, pero luego por la tarde, cuando visitamos una de las iglesias y vi que el reloj marcaba las diez, me vino a la cabeza nuestro amigo de la comida y recordé haber leído en algún sitio que los etíopes tienen un horario diferente al occidental. Efectivamente, ellos toman como referencia el amanecer de modo que su reloj empieza a contar a las 6 de la mañana. Por tanto, si queremos pasar de la hora occidental a la hora etíope debemos de restar seis horas.
Por la tarde, la visita del segundo grupo de iglesias se vio completamente eclipsada por Bete Giorgis, que es impresionante desde cualquier perspectiva no sólo por su arquitectura sino también por su emplazamiento. En el itinerario primero se contempla la Iglesia desde arriba y después hay que bajar por una cuesta y atravesar un pequeño tunel, excavado en la roca, que conduce directamente a la entrada principal de Bete Giorgis. En su interior el espacio resulta reducido y su decoración es similar al del resto de Iglesias, de una completa austeridad exceptuando las cruces, libros antiguos y demás enseres ceremoniales (bastones, tambores y sistros) que el sacerdote muestra a los visitantes. Es habitual que los turistas hagan fotos de estos momentos, por sus ropas, por lo espectacular de las cruces, por lo distinto de las imágenes religiosas que nosotros conocemos, y por eso los sacerdotes, cuando exponen sus cruces, o enseñan los libros, adoptan unos gestos y unas posturas dignos del mejor de los posados. Es una situación curiosa, que choca bastante con el contexto y con el embelesamiento en que se encuentran los monjes momentos antes. El sacerdote de Bete Giorgis estaba tan acostumbrado a las fotos que sacó de entre sus cosas unas gafas de sol en cuanto oyó la palabra Flash



Cuando dejamos Bete Giorgis una mujer, cubierta de blanco, se acercó a rezar a la Iglesia. Rezó durante mucho tiempo, inmóvil desde la distancia. Es muy frecuente ver escenas así, en Lalibela y en el resto del país, de hecho sólo los monjes de Lalibela rezaban en interior de las iglesias. Esto es así porque los fieles de la Iglesia Ortodoxa de Etiopía siguen los llamados “cuatro estados de pureza ritual” según los cuales los cuales los fieles pueden o no penetrar en el templo.

Hay talleres de tela y de pintura por toda Lalibela. Otras casas son escuelas religiosas donde se aprende la lectura del geez. Nos encontramos con una de estas escuelas nada más terminar la visita a Bete Giorgis, junto a un telar un religiosos pintaba en cuero y detrás suya un alumno leía el geez. Al vernos el religiosos nos enseñó sus pinturas:




Más adelante dos niños salieron a saludarnos. Eran los hijos del religiosos y para nuestra sorpresa usaron el español para pedirnos un caramelo. Es increíble la capacidad que tienen para aprender palabras en otro idioma, cuando intentas intercambiar palabras entre el amárico y el español repiten a la perfección cada cosa que les dices. Sin embargo nosotras…. Todo lo que hemos aprendido en dos semanas es ameseguenaleu (gracias) y de mala manera.


A la vuelta de las iglesias nos tomamos un café-te en el hotel( mezclan el café y el té de tal manera que pueden diferenciarse perfectamente, el té queda abajo y café arriba, merece la pena probarlo) maravilladas de la intensidad de los colores de Lalibela


Mientras tanto Anunci seguía buscando una tarjeta para su cámara de fotos, y la verdad es que la hubiera conseguido en Lalibela de no haber sido tan efusiva. Anunci es una de las personas más expresivas que conozco y tenía tal desesperación por la pérdida, que cuando la mujer de la tienda le dijo que las tenía poco menos que se avalanza sobre Million. Evidentemente, semejante muestra de alegría le sirvió a la dependienta para subir el precio de manera exagerada, con lo que nos fuimos de Lalibela sin tarjeta y con la esperanza de tener más suerte en Mekele.

Recuerdo con especial cariño la segunda noche que pasamos en Lalibela. Ese día no había luz y tuvimos que cenar a la de las velas. Realmente pienso que eso fue un regalo porque se creo un ambiente muy especial alrededor de la mesa. Hablamos bastante y aunque se había roto el hielo desde el primer día en ese momento me gustó sentirme entre amigos, olvidando por completo que ellos eran los guías y nosotras las turistas. Solomon empezó a perder la vergüenza y antes de irnos nos sorprendió con sus primera palabras en español, nos dijo: MAÑANA MEKELE

Y al día siguiente partimos de Lalibela con dirección a Mekele.



La liturgia

Las iglesias de Etiopía, sea cual sea la geometría de su planta, tienen siempre la misma distribución, siguiendo la estructura del Templo de Salomón. El Qene Mahalet es el lugar donde se realizan los rezos y servicios religiosos, en el Qeddest (Santo) es donde tiene lugar la misa y la comunión y el Qeddus qeddusan, Qedesta o Maqdas es el lugar donde se guardan los sagrados Tabot (réplicas del Arca de la Alianza) y al que sólo pueden acceder los sacerdotes.

Si hay algo que caracterice la liturgia etíope son sus cánticos y danzas, que se remontan a la tradición presente en los libros religiosos de San Yared.

Según la tradición, a inicios del siglo VI, un joven aksumita cansado de memorizar textos religiosos, abandonó el estudio y salió al campo. Empezó a llover y buscó cobijo debajo de un árbol donde se dedicó a observar cómo una oruga, con paciencia y voluntad, alcanzaba las hojas tiernas del árbol que le daban el alimento. Esta visión le hizo reflexionar y pensó que con esas mismas virtudes podría completar sus estudios religiosos. Así, se dedicó con ahínco al estudio y el conocimiento que adquirió fue tal que Dios mandó a tres ángeles para que lo transportaran al Cielo y allí aprendiera, de los pájaros, los cánticos religiosos.
Estos himnos, denominados Zema, eran acompañados por la flauta (inzira), una guitarra de cinco cuerdas (masinquo), un sistro (tsenatsil), un gran tambor (kebero) y un arpa (begena). A su regreso del cielo transcribió estos himnos a pergaminos y fueron paulatinamente introduciéndose en los monasterios.

La tradición también cuenta que cuando el santo Yared le dio a conocer a Gebre Meslkal, rey de Aksum, sus cantos, este quedó tan fascinado que sin darse cuenta, hirió a Yared con la lanza con la estaba marcando los ritmos de la música. Para compensarle del dolor, Gebre Meskal se comprometió a satisfacer el deseo del santo de difundir sus cánticos por todo el reino.

A San Yared se le debe también la introducción de la mekuania, un bastón rematado en forma de T que llevan todos los sacerdotes, dabtaras y monjes en los oficios. Su función rítmica es primordial, pero también es empleada para reposar el peso del cuerpo en los largos oficios religiosos.

Entre los instrumentos cabe destacar los kebero (tambores), las campanillas, los sistros, y un tipo de tambor de gran tamaño llamado negarit, que puede observarse en el interior de todas las iglesias y que se usa en acontecimientos religiosos especiales. Los sistros consisten en una empuñadura que mantiene una U cruzada por varios hilos de hierro en los que a su vez están insertados anillos que chocan entre si al mover el sistro de derecha a izquierda agarrándolo por su mango.

En la liturgia cantada aparecen tres tonos, el normal, el alegre para las festividades y el triste para los días de ayuno. Toda la liturgia etíope festiva es cantada. Los dabtara ejecutan los cánticos de pie y los acompañan de movimientos ondulantes, hacia delante y hacia atrás o en círculo, llenos de solemnidad. Al mismo tiempo elevan y acercan al suelo el bastón simbolizando que Cristo bajó a la tierra y subió al Cielo:




Bibliografía: Etiopía un rostro con tres miradas.




La Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía

Los etíopes son profundamente religiosos. Es muy común que te pregunten acerca de tu religión, sin contemplar la posibilidad de no pertencer a ninguna. Eso da cuenta de la importancia que tiene en sus vidas el sentimiento religioso. En Etiopía la religión, la tradición, la historia y las costumbres son una misma cosa.

Cuando viajamos a Etiopía sabía que la religión oficial del país era la Cristiana Ortodoxa, pero no tenía ninguna noción de qué significaba eso ni de si existían diferencias respecto a otras Iglesias Ortodoxas como la griega o la rusa.
En Lalibela comenzamos a aprender algo sobre la religión ortodoxa etíope:

" La iglesia Ortodoxa de Etiopía nació a finales del siglo IV dentro de las iglesias Cristianas de Oriente, tomando como base la Iglesia Siríaca y bajo la influencia del Patriarcado de Alejandría, la Iglesia Ortodoxa Copta.
En el Concilio de Calcedonia las iglesias Armenia, Siríaca Occidental y Ortodoxa Copta de Alejandría se ratificaron en su creencia de que Cristo posee una sola naturaleza, la divina, y sientan así las bases de su posterior separación tanto de Roma como de Constantinopla.

Para hablar con propiedad, debemos denominarla Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía (IOTE) nombre con el que la iglesia etíope se denomina a si misma. Denominarla copta no es correcto, dado que copto significa egipcio y desde 1952 la IOTE es totalmente autónoma. Antiguamente estaba estipulado que la Iglesia Ortodoxa Copta en Etiopía tendría un solo obispo, designado siempre por el Patriarca de Alejandría y que siempre sería egipcio. Pero los abuna –padres- enviados a Etiopía desde Alejandría nunca llegaron a contactar plenamente con el clero etíope dado su desconocimiento de las tradiciones religiosas del país y del geez (todos los textos y las enseñanzas religiosas se han mantenido en geez, lengua semítica que desde el siglo IV ha sido la lengua literaria y religiosa de la Iglesia Ortodoxa de Etiopía).

En la cúspide de la jerarquía religiosa y cabeza visible de la IOTE está la figura del Patricarca. Él es quien ordena arzobispos y obispos y su sede se encuentra en Addis Ababa. El antiguo título de Abuna que se aplicaba a los obispos designados por Alejandría se extiende hoy a todos los obispos de Etiopía. Hoy en día, Etiopía se divide en una serie de arzobispados que cubren todo el territorio, más algunas sedes fuera del país, en especial la de Jerusalén, donde la presencia de la Iglesia etíope cuenta con una larga tradición.

La comunidad religiosa se completa en su base por sacerdotes, dabtaras, monjes y monjas y diáconos. Los dabtara son los encargados tanto de la enseñanza religiosa como de funciones administrativas, pero su gran función la desempeñan ejecutando tanto los cánticos y danzas de gran trascendencia en la liturgia de la misa y en las grandes festividades religiosas. Los monjes habitan en innumerables monasterios y pueden ser diáconos, sacerdotes y/o dabtaras. Los monjes son célibes y de entre ellos se elige a los obispos, quienes a su vez eligen al Patriarca. Los demás clérigos se pueden casar, pero si desean el sacerdocio, deberán hacerlo antes de ser ordenados como tales por los obispos

La principal base teológica sobre la que se asienta la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía es la Biblia en su versión griega probablemente traducida al geez en el siglo V pero incluyendo algunos libros que no están en la Vulgata latina. Se completa además con el Haymanota Abbaw (La Fe de los Padres) y el Amest aemeda Mestir (Las cinco Columnas del Misterio), catecismo oficial de la Iglesia Etíope.
Dentro de la Biblia, el Antiguo Testamento denominado Orit reviste una gran importancia al ser la fuente de muchos preceptos y normas que son básicas en la Iglesia Etíope"

Bibliografía: Etiopía un rostro con tres miradas

martes, 18 de agosto de 2009

8 de Julio de 2009: Visita a las Iglesias de Lalibela

A estas alturas del viaje ya sospechábamos que uno de los principales rasgos culturales que hacen que Etiopía sea un país mágico es que todo tiene un significado, desde los nombres, los colores, la disposición de cada cosa en los templos y la misma historia del país. En Etiopía nada es casual, todo está sujeto a la leyenda, todo sigue las pautas de una lógica a caballo entre el cuento y la historia, una lógica en la que la fé es mucho más importante que los hechos. Visitar la Lalibela es desplazarse al escenario mismo de la leyenda, es vivir en un palacio donde las cosas no son lo que son sino lo que significan.

Según la leyenda siendo aún recién nacido el rey Lalibela (de la dinastía Zagwe que reinó en Etiopía entre 1137 y 1270), su madre observó un día que un enjambre de abejas cubría su cuna; viendo en ello un significado de futura grandeza exclamó: ¡Lalibela! que significa “las abejas reconocen su soberanía” dándole desde entonces ese nombre.
Siendo Lalibela un muchacho fue envenenado por Harbe, monarca reinante y hermanastro suyo, dada la envidia que despertaba en él el augurioso futuro de Lalibela. El futuro rey cayó en sueño mortal y en plena lucha por la vida, unos ángeles lo transportaron al cielo donde pudo contemplar un sinfín de construcciones singulares. En el cielo Dios le reveló su futuro: sobreviviría y sería rey, pero a cambio le construiría, siguiendo su plan, algunos edificios similares a los que había visto en su sueño. Harbe, también siguiendo instrucciones divinas abdicó a favor de su hermano.
Cuando Lalibela alcanzó el trono estableció el centro capitalino en plenas montañas de Lasta, denominando el lugar Roha. Lalibela extendió el reino y durante 20 años, el tiempo que tardó Salomón en construir el templo de Jerusalén, excavó la rojiza roca volcánica de Roha para erigir once iglesias. La leyenda asegura que las obras terminaron en tan poco tiempo gracias a la contribución de los ángeles, que continuaban los trabajos de los hombres por la noche.
Más tarde, el monje egipcio Guebre (Siervo del Espíritu Santo) llegó a Roha. Lalibela recibió al monje con gran respeto y lo tuvo consigo durante un determinado tiempo. Guebre Menfés Kedús era un hombre fuera de lo común, en los desiertos de Egipto había vivido con tigres y leones y el pelo de su cuerpo había crecido tanto que le servía de vestido. Tras un periodo de estancia en Roha rey y monje emprendieron viaje hacia las tierras del sur donde Guebre Menfés Kedús escogió el lugar, cerca de la actual Addis Ababa, de su morada definitiva. Un día, el monje le dijo al rey: “Constrúyeme aquí una iglesia como las que erigiste en tu ciudad y vuelve sin dilación a tu tierra porque el tiempo que te queda de vida es corto”. El rey Lalibela entonces empezó la construcción de Adadi Mariam (a 60 km al sur de Addis Ababa) y volvió a su tierra donde murió y fue enterrado en Bete Gólgota, una de las iglesias erigidas por él. A su muerte la capital de los Zagwe, Roha, tomó el nombre de Lalibela, nombre que ha permanecido hasta nuestros días.
Estas leyendas y tradiciones fueron recogidas siglos más tarde en las Actas de Lalibela (XV).

Por otro lado, y dejando a un lado la leyenda, la posible explicación a la construcción de este complejo, fue el intento de el rey Lalibela de construir una Jerusalén que sustituyera a la terrestre, puesto que la peregrinación a la verdadera entrañaba un alto riesgo para los peregrinos. Por ello, y teniendo en cuenta que el mismo Lalibela había viajado a Jerusalén de joven, se cree que intentó sustituir tal peregrinación sin privar a su pueblo de su significado.
Así el primer grupo de iglesias del complejo sustituye a la Jerusalén terrestre (Bete Medahne Alem, Bete Maryam, Bete Meskel y Bete Gólgota, Bete Mikael y Bete Denaghel) y el segundo grupo (Bete Emmanuel, Bete Merkorios, Bete Kidus Gabriel-Rafael y Bete Aba libanos) a la Jerusalén celestial. Además, el nombre de otros lugares parece confirmar que la ciudad estaba destinada a sustituir simbólicamente los Santos Lugares: La Tumba de Adán, el monte Tabor y el río Jordán. Por último, separada de ambos grupos se talló la iglesia Bete Giorgis, que simboliza el arca de Noé. Construida en honor a San Jorge, patrón de Etiopía.

Las iglesias de Lalibela no son edificios construidos con piedras ni con maderas ni con ningún otro tipo de material. Las iglesias de Lalibela son grandes bloques de roca aislados del resto de la montaña por una zanja de varios metros de profundidad. Una vez separado el monolito comienza el trabajo de horadarlo, comerlo por dentro y hasta hacer emerger ventanas, puertas, columnas y capiteles.

Adentrarse en el conjunto de Iglesias de Lalibela es adentrarse en el transcurso de los siglos. Las imponentes iglesias se comunican entre si a través de un complicado sistema de túneles y pasadizos con grutas. Lo parecido de todos ellos, unido al hecho de estar bajo el nivel del suelo hace difícil la orientación. Por otro lado, el asombro ante el descubrimiento de un lugar tan especial hace difícil mantener la noción del tiempo y el espacio.

Las iglesias son únicas, qué duda cabe de ello, pero la visita del complejo no sería igual de impactante si no estuviera salpicada de visiones y escenas que sólo pueden encontrarse en Etiopía. En los rincones de las iglesias, en pequeñas cuevas excavadas en la roca, viven decenas de monjes y mojas dedicados a la meditación y la oración. El encuentro con estos monjes, que parecen no verte, ni sentirte, ni alterarse por nada, hace de Lalibela un lugar aislado del mundo, un lugar sumamente espiritual.

Las iglesias son oscuras, iluminadas únicamente por la tenue luz que entra por las ventanas. La austeridad y el aspecto descuidado, por otro lado, contribuyen a la sensación de que Lalibela no es de este mundo. Pero las iglesias de Etiopía albergan en verdad grandes tesoros que se va revelando poco a poco, según se acostumbra el ojo a la penumbra. Cruces procesionales, manuscritos, lienzos, iconos y coronas que el sacerdote principal de cada iglesia enseña a los visitantes.

El conjunto de iglesias de Lalibela, fue declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.


video

domingo, 16 de agosto de 2009

7 de Julio de 2009: Llegada a Lalibela


Entre las montañas llegamos a Lalibela a media tarde. Era un sueño estar allí, en el que era, dentro de nuestra ignorancia del país, el lugar más emblemático de todos. Tengo una foto de Lalibela en el fondo de escritorio del ordenador de mi trabajo y utilizo esa misma foto para terminar todas mis presentaciones, orgullosa de poder contarle a alguien lo poco que conocía de esas imponentes iglesias horadadas en la roca. Y por fin podía verlas con mis propios ojos….
La visión que tuvimos de Lalibela al entrar con el coche fue la de un enorme poblado asentado sobre una tierra de un color rojizo impresionante. De nuevo las calles eran un continuo fluir de hombres, mujeres, niños y animales. Pero esta vez, a la mezcla de alboroto, miradas, precariedad y sin embargo cierto ambiente de festivo, se añadía un componente más: la religiosidad esparcida por cada esquina de la ciudad de Lalibela.


Dejamos las cosas en el hotel y salimos a dar un paseo, estábamos impacientes por acercarnos, aunque sólo fuera eso, a las famosas iglesias. A la puerta del recinto de hotel nos esperaba un grupo de chicos (de entre unos 15 y 20 años) que controlaban las entradas y salidas de los que nos alojábamos allí. Nada más pasar la puerta vinieron hacia nosotras y nos envolvieron con su capacidad exagerada de entablar conversación como si te conocieran de toda la vida. Cada uno de ellos nos contó la misma historia: eran de Lalibela, estudiaban hostelería y tenían problemas económicos para costearse los libros y el alquiler que compartían. Todos querían progresar para mejorar las condiciones de vida de sus familias y la suya propia. El grupo, encabezado por Mike, el mayor de ellos, nos persiguió durante los dos días que estuvimos en Lalibela. Fuese la hora que fuese a la que llegásemos o saliésemos del hotel ellos estaban allí siempre, diciéndonos “hola amiga” e iniciando de nuevo la conversación.
Esto generó una situación un poco extraña, los guías se sentían incómodos e intentaban protegernos sin coartar nuestra libertad de hablar con ellos si era lo que queríamos, la chica que viajaba con nosotras les miraba con cierto desprecio (nadie dudaba que buscaban dinero, pero eso no justifica perder la amabilidad) y yo, que en algunos momentos me sentí mal por lo descompensado de la relación entre ellos y nosotras, ahora pienso que nos equivocamos al juzgarles con nuestra cultura occidental (en la que pedir ayuda no es una muestra de humanidad sino de debilidad) y que ellos se aprovecharon precisamente de eso, de nuestra pena. Nos engañaron, eso es verdad, tan verdad como que nos dejamos engañar cuando les compramos el diccionario en la tienda de alimentación (luego nos dijo Million que seguramente se repartirían el dinero con la de la tienda y volverían a repetir la operación con los siguientes turistas) pero por otro lado… que tire la primera piedra quien haya hecho siempre lo correcto para conseguir ayuda. Yo no. No se, esa experiencia me sigue creando sentimientos contradictorios, y estoy tan lejos de su lugar, de sus circunstancias, que me declaro incapaz de saber qué haría yo en su piel.

miércoles, 12 de agosto de 2009

7 de Julio de 2009: De Kombolcha a Lalibela. La primera Injera

Esa segunda noche cayó una tormenta impresionante. El techo del cuarto de baño del hotel era de uralita y sonaba como si cayeran piedras como puños del cielo, parecía que toda Kombolcha estuviera lanzando agua contra las paredes. Sin embargo, pese a esa tormenta y a que llovió prácticamente a diario (la temporada de lluvias en el norte de Etiopía es de junio a septiembre) los etíopes nos hablaron varias veces de su preocupación por la falta de agua, el padre Ángel concretamente nos dijo que hasta la fecha todo lo que había caído, en comparación con otros años, solo podía llamarse “llu”. La repercusión de esto en las cosechas es fácil de imaginar, de ahí la preocupación de todos, pero a parte de la agricultura la falta de agua estaba teniendo otras consecuencias indirectas en la economía. Al parecer gran parte de la energía en Etiopía es de origen hidráulico y la falta de agua fue una de las causas (Egipto y Sudán son los únicos beneficiarios del agua del Nilo) de que no hubiese luz, ni siquiera en Addis Ababa, prácticamente a diario.

Como el día anterior y como ocurriría en días sucesivos (eso si, Solomon no desistió hasta el último día en su empeño por conseguir estar preparados a las 7 de la mañana) nos demoramos más de la cuenta en el desayuno. Justo enfrente del hotel, mientras esperábamos a que Sol cargara el coche, había una pequeña iglesia en la que se estaba celebrando una misa o algún tipo de reunión religiosa. Desde fuera se les escuchaba cantar y sus voces, profundas, nos resultaron sobrecogedoras.

Aunque Dessie está muy cercar de Kombolcha hicimos una parada allí, al poco de salir, porque el día anterior, en un momento de prisas (de esos los de decirle a Sol ¡para, para!, en amárico ¡kum, kum!, para sacar una foto) Anunci había perdido las tarjetas de repuesto de su cámara fotográfica (de todas las fotos que podéis ver en el blog, las mejores son suyas!!). Por este motivo, paramos en Dessie, al poco de salir, con la esperanza de poder comprar una tarjeta nueva allí. Pero aunque Million nos llevó a varias tiendas, en ninguna de ellas tenían del tipo que necesitábamos.

Dessie es una ciudad grande y caótica, cuando estuvimos en Dessie era por la mañana y me pareció una locura la cantidad de gente que se encontraba por las calles. Es la capital de la región de Wollo y su población es predominantemente musulmana. Lo que dice en las guías de Etiopía sobre Dessie es que fue fundada en 1882 por el emperador Yohannes IV y que como consecuencia de la aparición del cometa Halley un año antes, mandó construir una iglesia a la que llamó Dessie (en amariña “la alegría”) al interpretar “esa estrella” como un milagro.

El resto de la mañana, salvo una parada técnica en la carretera, no nos bajamos del coche hasta la hora de la comida, en Weldiya. Y en Weldiya llegó uno de los momentos más esperados del viaje: el momento de conocer el sabor de la famosa injera (inyera o enyera, depende de la trascripción que se haga del amárico) y de la comida tradicional etíope.

¿Qué es la injera? Para poder responder a esta pregunta antes tengo que dar respuesta a la cuestión elemental si es que uno quiere saber algo sobre Etiopía: ¿qué es el Teff?. El teff, cereal endémico de las tierras altas de Etiopía, es indispensable en la alimentación etíope. Su nombre significa “perdido” debido al pequeño tamaño de su grano. Con la harina que se obtiene del teff se prepara la injera, una especie de torta enorme sobre la que se colocan las diferentes wat o wot (salsas o estofados que se elaboran a partir de carne, pescados, legumbres y especias) y que acompaña a todas las comidas.
Para preparar la injera y que ésta quede esponjosa debe dejarse, durante dos o tres días, fermentar la harina de teff en agua. Después, en un plato de cerámica (metad) puesto a calentar sobre carbón o leña, se deja caer una capa muy fina realizando círculos como si se tratase de una crepe y se termina de cocinar tapándose con el mugued o akembalo. Su sabor es agrio y su color varía en función de la variedad de teff.
Por último, y siendo fiel a lo que está escrito en los libros, la injera se come en un plato único, y se sirve en la mesob, una especie de mesa redonda hecha de estera de colores alrededor de la cual se sientan todos los comensales.
La injera se come con la mano derecha y se toma la parte de la bandeja que queda frente a nosotros. Como no se utilizan los cubiertos el primer paso antes de comer el lavarse las manos. Para ello la anfitriona trae en su mano derecha un cántaro con agua tibia y jabón, en su mano izquierda una palangana donde cae el agua y sobre su hombro izquierdo una toalla con que secar las manos a los invitados. Esta parte última del lavatorio de manos no la aprendimos sin embargo hasta al día siguiente, en el restaurante de Lalibela.
Ya en Madrid he leído que también es costumbre que el anfitrión introduzca un trozo de injera en la boca del invitado, a este gesto se le denomina gursha

Con esa primera deliciosa injera tomamos Tibes (estofado de carne) y Shirro (puré de garbanzos especiado). También nos arriesgamos a probar el picante etíope, de color rojo, que según me escribió Million en la libreta, se llama Awaze. Me resultó fantástico observar como comen la injera.

Después de comer reanudamos el camino por la carretera. Lalibela se encuentra a 2630m de altura, por lo que según nos fuimos acercando la temperatura fue bajando, la humedad subiendo y eran menos las aldeas y las personas que encontramos a lo largo del camino. El paisaje y el clima se hacían de montaña, las casas ya eran casi todas de piedra, y los niños se acercaban al coche abrigados con capas oscuras de lana. Entiendo que la vida en esa zona debe ser aún más dura.








En uno de los pocos pueblos que vimos en ese tramo del camino encontramos un camión de ayuda humanitaria repartiendo sacos de comida entre la gente, que regresaba a sus casas con el peso cargado a la espalda.




Las visiones durante el camino seguían siendo sorprendentes. Las tres viajábamos completamente fascinadas por el paisaje y sobre todo por las muestras continuas de respeto entre las personas, por la delicadeza con la que se tratan los unos a los otros, por el cariño y la dedicación que le prestan al saludo. El saludo en Etiopía es muy importante. Al saludo (Salam) pueden acompañarle muchos gestos: estrechar la mano en el caso más formal, estrechar el antebrazo de la otra persona, juntar los hombros, el abrazo y por supuesto, los besos, desde un mínimo de dos hasta cuatro. Las muestras de cariño, por otro lado, son naturales entre personas del mismo sexo, es muy corriente (y maravilloso) ver a dos hombres pasear cogidos de la mano como símbolo de amistad.

Por ese motivo he vuelto a España con la sensación de que las relaciones entre las personas son mucho más fluidas allí, más calmadas, más armoniosas…. Precisamente las muestras continuas de afecto entre Million y Solomon nos provocaron tal ternura que nuestro afecto hacia ellos fue sólo cuestión de un par de días. La manera en que se dirigen los unos a los otros genera un ambiente que a su vez predispone a crear lazos. Ese es, desde mi punto de vista, una de las primeras cosas que hace de Etiopía un país maravilloso.






sábado, 8 de agosto de 2009

6 de Julio de 2009: de Addis Ababa a Kombolcha

Los dos primeros días del viaje los pasamos en la carretera. Si en algún momento se nos pasó por la cabeza que tantas horas de coche se harían pesadas o aburridas no podíamos haber tenido un pensamiento más equivocado. Las horas de carretera fueron tan maravillosas o más como las visitas a los lugares históricos o al nacimiento del Nilo Azul.
Cuando viajas por las carreteras de Etiopía da igual donde mires, el espectáculo es siempre maravillo. Su geografía es espectacular y su gente también, así que solo queda mantener los ojos y el corazón bien abiertos para no perderse nada.
El destino era Lalibela, pero nos olvidamos de eso desde el primer momento, el destino en Etiopía es la siguiente curva, la siguiente montaña, la siguiente sonrisa, y es que todo, absolutamente todo, merecía una mirada atenta, atrapaba la vista como si fuera una red. La música que Solomon escuchaba en el coche ambientaba lo que veíamos con los ojos, lo hacía más perfecto aún. Mientras tanto Millión nos contaba cosas del país, nos explicaba cada cosa que veíamos.
Atravesábamos la región nacional de Amara cuya capital es Bahar Dar, a casi 600 Km de Addis Ababa. Su población pertenece a la etnia amara, dedicada a la agricultura y a la ganadería y de religión cristiana ortodoxa. Los principales grupos étnicos en Etiopía son tres, los amara, los oromo y los tigres, diferenciados por la lengua, la religión y otros aspectos culturales.
El Valle del Rift divide al país en dos partes, las tierras altas del sudeste o macizo de Harar, y las tierras altas del oeste o macizo Abisínico en el que nos encontrábamos. En este lado de la fosa del Rift, como pudimos comprobar, los grandes ríos, prácticamente secos en la actualidad, han creado profundos valles que separan las meseta en diferentes macizos (Tigray, Gondar, Gojjam, Wollo, Shoa, Welega).
Addis Ababa se encuentra en el macizo de Shoa a una altura de 2400m. En las mesetas de los amara (Wollo y Gojjam) los cultivos de teff (cereal endémico de Etiopía) cubren extensas altiplanicies durante kilómetros.
En esta región no hay muchos pueblos, la población rural, campesina en su mayoría, vive en casas o chozas aisladas o en pequeñas aldeas distanciadas entre sí. Esto hace que la carretera sea un continuo transitar de hombres, mujeres, niños y animales (bueyes, camellos, burros) hacia otros pueblos, quizás aquellos donde se encuentras los mercados, hacia los campos de cultivo, trasladando el ganado, o buscando agua. Se valen de un bastón (dula) que llevan cruzado a la espalda, para aligerar el peso de sus compras, de la paja o incluso de los arados de madera.
Las viviendas de los amara (tukul en amárico) tienen forma circular con techo cónico, de paja, las paredes pueden ser de piedra (por lo general lo son en las regiones que se encuentran a mayor altitud y por tanto más frías) o de madera, recubiertas en cualquier caso de barro, estiércol y paja de teff. En lo alto de los tejados suelen colocar un adorno, una cruz o una tetera en función de cuál sea su religión, la cristiana o la musulmana.
En los pueblos, la vida transcurre en la calle, los niños juegan al futbolín, los más pequeños corren con aros metálicos atados a un palo y los hombres y mujeres, siempre en grupo, caminan permanentemente por las calles y carreteras, bien llegando o saliendo del pueblo. Otras veces, simplemente, se sientan en las puertas de las casas.

Por la carretera, Solomon tenía que pitar constantemente para abrirnos paso, y al hacerlo, la gente nos miraba y nos decía adiós con la mano. Los niños gritaban: ¡Farenjis! ¡Farenjis! Y corrian detrás del coche…. A veces nos pedían dinero y lápices, otras simplemente querían mirarnos, pero muchos de ellos nos pedían algo que no entendíamos qué era, y Million tuvo que explicarnos que se trataba de botellas de plástico vacías. No les habíamos entendido porque en nuestra cabeza no imaginábamos que nos estuvieran pidiendo algo así.

Al ver sus casas, y su modo de vida, al observar su cultura y sus costumbres, pensé que si por algún motivo el coche se fuera sin mí y tuviera que vivir en una de esas pequeñas aldeas nada en absoluto de lo que he dedicado 33 años a aprender en España me serviría para algo. Ese pensamiento era tan cierto que quisiera tenerlo presente todos los días de mi vida europea… ¿Qué es lo que queda detrás de mis estudios, de mi trabajo, de mi casa? y por el contrario ¿qué otras cosas me hacen ser la misma persona en cualquier parte del mundo?

La pobreza es inmensa, eso es cierto, pero verla tan de cerca no me produjo sentimiento de pena porque no es tristeza lo que sus caras transmiten, todo lo contrario. Por eso no quiero a hablar de niños descalzos con ropa sucia, porque esas imágenes ya las conocemos en España y porque después de estas dos semanas impresionantes se que hablar de Etiopía no es hablar de pobreza. Para hablar de Etiopía y mirar Etiopía hay que buscar la mirada justa, y encontrarla requiere para un occidental desprenderse de esa manera equivocada de definir África por lo que África no tiene. Etiopía tiene muchas cosas, y es de todo eso de lo que quiero hablar, de todo lo que Etiopía SI tiene.

Ese primer día de camino a Kombolcha, donde pasaríamos la noche, paramos dos veces en el camino, una de ellas a media mañana, en Debre Birham y otra para comer, en un pueblo cercano a Robit. Pedimos las bebidas en un bar y Million sacó la comida que traía preparada de casa: arroz con verduras, un naranja para cada una y cereales para acompañar el café. Mientras comíamos, un niño nos observaba desde la ventana. Nos reíamos porque cuando le mirábamos movía sutilmente las cejas hacia arriba. Nuestro guía nos explicó que ese gesto es, al igual que esa pequeña aspiración que hacen al hablar, su manera de decir SI.



Llegamos a Kombolcha con el tiempo justo para cenar e irnos a la cama.

Este es el mejor resumen de los dos primeros días en la carretera:

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viernes, 7 de agosto de 2009

5 de Julio de 2009: la llegada a Addis Ababa

En el avión ya casi habíamos de dejado de ser invisibles. No hacía falta ni mirarnos las manos, sólo por nuestro equipaje, o por nuestro calzado, se podía asegurar que no éramos africanas. En algún sitio leí, a modo de crítica divertida a los europeos, que viajemos al lugar de África que viajemos, siempre lo hacemos vestidos como si fuésemos de safari. Me acordé de eso antes de subir al avión y ese pensamiento me hizo sentir algo ridícula. Al final terminamos riéndonos de nosotras mismas en lo que llamamos nuestros “momentos farenji” (farenji es como llaman al hombre blanco en Etiopía) cuando por las mañanas nos embadurnábamos de crema, repelente de insectos y nos tomábamos nuestra pastilla contra la malaria. Lo queramos o no vivimos en una gran urna de cristal llamada Europa y fuera de ella nos fallan los recursos. Esa es la verdad.

A nuestro alrededor estaban sentadas varias familias etíopes, quedamos fascinadas por esos primeros rostros, por la elegancia de sus rasgos, por su porte inconfundible. Una mujer amamantaba a su niña de un año, la dulzura de madre e hija nos cortaba la respiración.

En los asientos de al lado las chicas que iban a trabajar de voluntarias comenzaron a jugar a las cartas. El hijo mayor las miraba con su enorme curiosidad infantil. Al darse cuenta ellas lo invitaron a unirse, y sin saber como, sin una sola palabra en el mismo idioma, lograron entenderse, aprender las reglas del juego y arrancar carcajadas de la boca del niño que nunca antes había visto una baraja española. Las tres miramos el juego desde lejos, fascinadas de lo fácil que había sido la comunicación entre ellos.

Ahora, mientras escribo, sigo añorando lo fácil que es el entendimiento en Etiopía, en lo sencillo que resulta el sentirse próximo a alguien a quien nunca has visto.

Y aterrizamos. Al bajar respiramos el olor a Etiopía, imposible de describir. Una mezcla de picante, eucalipto, humo, tierra y humedad. Incluso dentro del aeropuerto olía así. Esperamos durante un buen rato para sacar el visado. Cuando llegó nuestro turno pasamos a una habitación estrecha con varias mesas alargadas colocadas en fila a uno de los lados. Había varios hombres sentados y una mujer joven que entraba y salía constantemente. Recogieron nuestros pasaportes y la tarjeta que habíamos rellenado en el avión, apuntaron nuestros datos en un cuaderno y en el visado, todo ello a mano, y con el sello en el pasaporte salimos de inmigración, tan felices como si estuviera labrado en oro. El paso siguiente fue pasar por el control de pasaportes, me atendió un chico joven que con una sonrisa increíble me preguntó por vez primera, a parte de las preguntas habituales de por qué viajaba y qué lugares de Etiopía visitaría, si era del Madrid o del Barcelona (respondimos a esa pregunta muchas veces durante el viaje). Y con ese trato se esfumaron, antes de empezar, todas las dudas o miedos que desde mis prejuicios de europea hubiese tenido sobre el viaje. Estaba eufórica de estar por fin en Addis Ababa.




Ya solo quedaba recoger las maletas y salir fuera, donde nos esperaba Samson para llevarnos al hotel, debía ser la una de la madrugada aproximadamente. Mientras esperábamos se nos acercó la mujer joven que entraba y salía del cuarto donde sacamos el visado y que resultó ser, según ella misma nos explicó, la hermana de la mujer del avión que viajaba con su bebé. La naturalidad con que se acercó a hablar con nosotras y a presumir de sobrina no sería fácil de encontrar en Madrid.

Mientras tanto esperábamos las maletas. Mi mochila salió la primera, luego la de Anunci y pasado un rato sin novedades dimos por perdida la de Irene. En ese momento, pero sólo por un momento, se esfumó la atmósfera de alegría en que nos encontrábamos. Anunci salió a buscar a Samson mientras nosotras dos hacíamos cola en el mostrador de reclamaciones. Mientras, Irene, repasaba mentalmente el contenido de la mochila perdida. Yo intentaba restarle importancia: entre las cosas de Anunci y las mías nos sobra para las tres!!!!! Pero al mismo tiempo entendía su disgusto.
A los pocos minutos regresó Anunci con Samson y milagrosamente la mochila terminó apareciendo. Aún no sabemos muy bien cómo.

Fuera nos esperaba el resto del grupo. Nos presentamos y Samson nos comunicó que él no sería nuestro guía porque estaba esperando a un grupo muy numeroso de estudiantes y que sería su hijo, Million, quien nos acompañaría en el viaje. En ese momento nos sentimos un poco decepcionadas porque nos habían contado maravillas de Samson, pero a viaje pasado, y a pesar de que Samson nos parece un hombre encantador, las tres no tenemos ninguna duda de que Million es de las mejores cosas que nos ha pasado durante estos días. Junto a padre e hijo estaba Solomon, nuestro magnífico conductor y Marta, la cuarta pasajera que viajaba desde Lleida.

Subimos los bultos al 4x4 y nos llevaron al hotel. Apenas hablé durante el trayecto, absorta en las calles de Addis… Aunque era de noche pude dejarme impresionar por las primeras imágenes de una ciudad heterogénea y llena de contrastes. A la salida del aeropuerto una enorme valla de publicidad decía lo siguiente “ninguna mujer debería morir por traer vida al mundo”. Pensé que tampoco eso es fácil de encontrar en Madrid.

Nos acostamos tardísimo y yo, que soy capaz de dormir en cualquier parte y a casi cualquier hora del día, tardé bastante en coger el sueño. ¿Cómo dejar la mente en blanco si estaba en Etiopía?

Nos levantamos, desayunamos, recogimos las cosas y arrancamos.




Million y Solomon vinieron a buscarnos. Como era el primer día tardaron algo más en acomodar las mochilas en la baca del coche. Por la noche había llovido (es temporada de lluvias de junio a septiembre) y la calle estaba llena de barro. Antes de salir a la carretera les pedimos que nos acercaran a la casa cuna de Cielo para dejar la ropa y la leche, y ellos, todo amabilidad desde el primer momento, nos llevaron sin decir palabra a pesar del retraso que llevábamos. Les guiamos según las indicaciones de Ana P: hay que ir a la Bole (la avenida que conduce al aeropuerto) y buscar una calle enfrente del un café llamado Elephant Word, cerca de la botella de coca-cola, y en cuyas esquinas se encuentra la imprenta y un puesto de frutas. Al encontrar la calle, pasada la frutería hay una verja verde con flechas que da paso a otra calle, y pasando por allí, de frente, encontrar la casa negra y blanca que tantas veces antes hemos visto en fotos…

Llamamos a la puerta y explicamos que veníamos de Madrid, de parte de Ana P y que llevábamos algo de material para la casa. La persona que nos abrió la puerta fue a buscar a una de las cuidadoras y a una voluntaria madrileña que estaba pasando el mes allí. Rápidamente, puesto que fuera nos esperaban en el coche, nos enseñaron las casa cuna, primero el cuarto de los bebés y después la casa de los mayores. Cuando entramos estaban viendo la televisión. Hubo niños que salieron corriendo hacia nosotras (entre ellos en terremoto M), otros que nos miraban con curiosidad pero sin atreverse a decirnos nada y una niña, de unos diez años, muy seria, que nos observó con recelo por el rabillo del ojo. Fueron minutos, sólo minutos, pero nos parecieron minutos maravillosos.


Por útilmo fuimos al banco a cambiar dinero. La moneda en Etiopía es el birr. Cada birr se divide en 100 centavos. Existen billetes de 1,5,10,50,y 100 birr y monedas de 1,5,10,25 y 50 céntimos. El tipo de cambio con respecto al euro es aproximadamente 1€ =15,7 birr.





Volvimos al coche y salimos de Addis Ababa, completamente ignorantes del panorama asombroso que nos esperaba.

miércoles, 5 de agosto de 2009

4 de Julio de 2009: pasando por Estambul

El vuelo hacia Estambul, donde teníamos que embarcar en el avión hacia Addis Ababa, salía del aeropuerto de Barajas a las doce y media de la mañana. Quedamos en los mostradores de la Turkish a las diez.
El día anterior todo fue correr de un lado para otro, hacer y deshacer la mochila para que entrara todo sin superar el límite de peso, colocarlo todo en la mesa del salón para no dejarme nada, disponerlo todo estratégicamente en el macuto... Por la mañana quedamos en Doctor Ezquerdo, fui andando desde casa, dando un paseo, y al llegar me senté en un bar a esperar a Irene, que estaba desayunando con su hermana. Nos acercamos a la asociación Cielo 133 a recoger algunas cosas que llevar a la casa cuna que tienen en Addis Ababa. Cargada de ropa y envases de leche en polvo fui a comer a casa de mis padres.
Ellos fueron las últimas personas que vi antes de coger el taxi al aeropuerto, así que al despedirnos sentí que de alguna manera comenzaba mi viaje. Los nervios y la emoción no me dejaban parar, el salón de casa estaba lleno de cosas que era incapaz de ordenar. Las expectativas: todas, las preguntas también… Hablé con Anunci varias veces por teléfono y revisamos una vez más la lista para que no faltara nada: mosquitera, Relec, Malarone…. Demasiadas precauciones que luego resultaron innecesarias.
Recibí muchos mensajes deseándome lo mejor para este viaje. Pensé infinitas veces en el itinerario hasta que al final fin todo estuvo dispuesto en la entrada. Para no dejar ni un hueco al azar pedí un taxi por teléfono que me recogió a las nueve y media de la mañana, llegué la primera al aeropuerto. Como era el primer sábado de Julio la T1 estaba llena de gente, pero yo era la más impaciente de todas. Luego llegó Irene con su padre y su hermana, por último Anunci. Envolvimos las mochilas, sacamos las tarjetas de embarque, nos tomamos un café y….. ¡por fin todo estaba en marcha!

Esperando nos acordamos de las personas a las que les hubiera gustado hacer este viaje. Anunci habló con Pilar, que nos dio muy buenas noticias…. Al pasar por la casa cuna no podríamos olvidarnos de saludar al pequeño M.

El vuelo debía aterrizar en Estambul a las cinco y media de la tarde, lo que suponía una hora y media de margen entre un vuelo y otro. Días antes ya habíamos comentado que nos parecía poco tiempo, pero aún cuando el vuelo desde Madrid ya llevaba una hora de retraso el personal de la compañía nos aseguró que el avión nos esperaría en Estambul.

La cuatro horas de vuelo a Estambul pasaron muy rápido, no parábamos de fantasear sobre el momento de la llegada…. Hicimos cábalas sobre todo, reuniendo información sobre lo que habíamos leído, sobre lo que habíamos escuchado a otras personas que viajaron antes y sobre los que cada una había ideado en su cabeza. Teníamos versiones para todo…. cómo sería el sabor de la injera, cómo sería Samson, el guía que nos esperaba en Addis, cómo sería Marta, nuestra compañera de viaje, como sería conocer en persona al Padre Ángel, como sería penetrar en las famosas iglesias excavadas en la roca, y sobre todo, cómo sería pisar esa “tierra prometida” hacia la que nos dirigíamos.

Aterrizamos en Estambul pasadas las 7 de la tarde, la hora a la que salía el vuelo hacia Addis. Fuimos corriendo por los pasillos del aeropuerto para hacer el cambio de avión, pero cuando llegamos a la mesa de intercambio y nos derivaron sin más explicación a los mostradores de la Turkish ya sabíamos que el avión había despegado sin nosotras. Tardamos en ser atendidas porque había mucha gente en nuestra misma situación, gente que viajaba a India, a Pakistán y a Etiopía. Mientras tanto conocimos a dos chicas españolas que iban a pasar el mes de Julio en Addis, trabajando de voluntarias.

Nos cambiaron los billetes para el mismo vuelo del día siguiente, nos obligaron a pagar la visa y nos hicieron esperar un buen rato hasta trasladarnos al hotel Agnus. Mientras se resolvía el tema del alojamiento Irene llamó a Samson para explicarle la situación y nos tranquilizó saber que nos esperarían en Addis hasta el día siguiente, aunque era obvio que algún pedazo del viaje se había perdido en esas dos horas de retraso y nos sentíamos desilusionadas por ello.

Llegamos de noche al hotel, cenamos, hablamos bastante de nuestras vidas después de la cena y nos acostamos pronto. Decidimos madrugar para ver lo máximo de la ciudad antes de regresar al aeropuerto.

Yo no había estado nunca en Estambul, y era una ciudad que tenía ganas de visitar, esa es la verdad, pero lo que en cualquier otro momento hubiera sido estupendo aquel día era toda una contrariedad. El pensamiento inicial no fue “tengo un día para ver Estambul” sino “pierdo un día de estancia en Etiopía” y por eso el sentimiento inicial no fue precisamente de alegría. Pero lo cierto es que estábamos allí y que teníamos que aprovecharlo, así que intentamos, superada la desilusión, disfrutar el día todo lo posible.

En Estambul visitamos la iglesia de Santa Sofía, la Mezquita Azul, los restos del antiguo hipódromo de Constantinopla y después de comer fuimos paseando hasta el puente Gálata. Nos hubiera gustado visitar el Gran Bazar, pero era domingo y estaba cerrado. Hacía calor y había mucha gente caminando por las calles… Vivimos situaciones muy parecidas a las de otros viajes anteriores (Marruecos, Palestina) sus guías espontáneos tienen la capacidad de perseguirte sin que te sientas acosado… Uno de ellos insistió e insistió en que visitásemos la Cisterna, y si no lo consiguió fue porque no teníamos demasiado tiempo. En realidad lo que buscaba era que visitásemos su negocio de alfombras y la curiosidad que me hace estar hablando de él es que trabajaba con una tienda de Madrid en la calle Hermosilla, justo donde está la sede de Cielo… Parecía que si juntábamos eslabón a eslabón podríamos llegar a Addis desde cualquier parte del mundo.

En el puente Gálata cogimos un taxi de regreso al hotel donde nos tenía que recoger el autobús para llevarnos al aeropuerto. Una vez allí recuperamos la excitación del día anterior y en la puerta de embarque nuestra sonría se hacía cada vez mayor cuando más visibles nos volvíamos.

A día de hoy, no hemos perdido esa sonrisa.

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lunes, 3 de agosto de 2009

EL PUENTE

Han pasado dos semanas desde que dejamos Etiopía. Desde entonces, cada una a su particular manera, intentamos prolongar el viaje y retener los olores, las visiones, las sonrisas, los gestos, los símbolos que sólo tienen significado en Etiopía. Profundamente tocadas, como decía el Padre Ángel en Wukro, hemos regresado a nuestras vidas con el convencimiento de que en adelante tendremos que buscar la manera de tender un puente entre España y Etiopía. Queremos saber que siempre serán posibles días como los que acabamos de vivir.

“ Si me dicen que estás al otro lado
de un puente, por extraño que parezca
que estés al otro lado y que me esperes
yo cruzaré ese puente.
Dime cuál es el puente que separa
tu vida de la mía,
en qué hora negra, en qué ciudad lluviosa,
en qué mundo sin luz está ese puente
y yo lo cruzaré”

Amalia Bautista (El puente)