sábado, 8 de agosto de 2009

6 de Julio de 2009: de Addis Ababa a Kombolcha

Los dos primeros días del viaje los pasamos en la carretera. Si en algún momento se nos pasó por la cabeza que tantas horas de coche se harían pesadas o aburridas no podíamos haber tenido un pensamiento más equivocado. Las horas de carretera fueron tan maravillosas o más como las visitas a los lugares históricos o al nacimiento del Nilo Azul.
Cuando viajas por las carreteras de Etiopía da igual donde mires, el espectáculo es siempre maravillo. Su geografía es espectacular y su gente también, así que solo queda mantener los ojos y el corazón bien abiertos para no perderse nada.
El destino era Lalibela, pero nos olvidamos de eso desde el primer momento, el destino en Etiopía es la siguiente curva, la siguiente montaña, la siguiente sonrisa, y es que todo, absolutamente todo, merecía una mirada atenta, atrapaba la vista como si fuera una red. La música que Solomon escuchaba en el coche ambientaba lo que veíamos con los ojos, lo hacía más perfecto aún. Mientras tanto Millión nos contaba cosas del país, nos explicaba cada cosa que veíamos.
Atravesábamos la región nacional de Amara cuya capital es Bahar Dar, a casi 600 Km de Addis Ababa. Su población pertenece a la etnia amara, dedicada a la agricultura y a la ganadería y de religión cristiana ortodoxa. Los principales grupos étnicos en Etiopía son tres, los amara, los oromo y los tigres, diferenciados por la lengua, la religión y otros aspectos culturales.
El Valle del Rift divide al país en dos partes, las tierras altas del sudeste o macizo de Harar, y las tierras altas del oeste o macizo Abisínico en el que nos encontrábamos. En este lado de la fosa del Rift, como pudimos comprobar, los grandes ríos, prácticamente secos en la actualidad, han creado profundos valles que separan las meseta en diferentes macizos (Tigray, Gondar, Gojjam, Wollo, Shoa, Welega).
Addis Ababa se encuentra en el macizo de Shoa a una altura de 2400m. En las mesetas de los amara (Wollo y Gojjam) los cultivos de teff (cereal endémico de Etiopía) cubren extensas altiplanicies durante kilómetros.
En esta región no hay muchos pueblos, la población rural, campesina en su mayoría, vive en casas o chozas aisladas o en pequeñas aldeas distanciadas entre sí. Esto hace que la carretera sea un continuo transitar de hombres, mujeres, niños y animales (bueyes, camellos, burros) hacia otros pueblos, quizás aquellos donde se encuentras los mercados, hacia los campos de cultivo, trasladando el ganado, o buscando agua. Se valen de un bastón (dula) que llevan cruzado a la espalda, para aligerar el peso de sus compras, de la paja o incluso de los arados de madera.
Las viviendas de los amara (tukul en amárico) tienen forma circular con techo cónico, de paja, las paredes pueden ser de piedra (por lo general lo son en las regiones que se encuentran a mayor altitud y por tanto más frías) o de madera, recubiertas en cualquier caso de barro, estiércol y paja de teff. En lo alto de los tejados suelen colocar un adorno, una cruz o una tetera en función de cuál sea su religión, la cristiana o la musulmana.
En los pueblos, la vida transcurre en la calle, los niños juegan al futbolín, los más pequeños corren con aros metálicos atados a un palo y los hombres y mujeres, siempre en grupo, caminan permanentemente por las calles y carreteras, bien llegando o saliendo del pueblo. Otras veces, simplemente, se sientan en las puertas de las casas.

Por la carretera, Solomon tenía que pitar constantemente para abrirnos paso, y al hacerlo, la gente nos miraba y nos decía adiós con la mano. Los niños gritaban: ¡Farenjis! ¡Farenjis! Y corrian detrás del coche…. A veces nos pedían dinero y lápices, otras simplemente querían mirarnos, pero muchos de ellos nos pedían algo que no entendíamos qué era, y Million tuvo que explicarnos que se trataba de botellas de plástico vacías. No les habíamos entendido porque en nuestra cabeza no imaginábamos que nos estuvieran pidiendo algo así.

Al ver sus casas, y su modo de vida, al observar su cultura y sus costumbres, pensé que si por algún motivo el coche se fuera sin mí y tuviera que vivir en una de esas pequeñas aldeas nada en absoluto de lo que he dedicado 33 años a aprender en España me serviría para algo. Ese pensamiento era tan cierto que quisiera tenerlo presente todos los días de mi vida europea… ¿Qué es lo que queda detrás de mis estudios, de mi trabajo, de mi casa? y por el contrario ¿qué otras cosas me hacen ser la misma persona en cualquier parte del mundo?

La pobreza es inmensa, eso es cierto, pero verla tan de cerca no me produjo sentimiento de pena porque no es tristeza lo que sus caras transmiten, todo lo contrario. Por eso no quiero a hablar de niños descalzos con ropa sucia, porque esas imágenes ya las conocemos en España y porque después de estas dos semanas impresionantes se que hablar de Etiopía no es hablar de pobreza. Para hablar de Etiopía y mirar Etiopía hay que buscar la mirada justa, y encontrarla requiere para un occidental desprenderse de esa manera equivocada de definir África por lo que África no tiene. Etiopía tiene muchas cosas, y es de todo eso de lo que quiero hablar, de todo lo que Etiopía SI tiene.

Ese primer día de camino a Kombolcha, donde pasaríamos la noche, paramos dos veces en el camino, una de ellas a media mañana, en Debre Birham y otra para comer, en un pueblo cercano a Robit. Pedimos las bebidas en un bar y Million sacó la comida que traía preparada de casa: arroz con verduras, un naranja para cada una y cereales para acompañar el café. Mientras comíamos, un niño nos observaba desde la ventana. Nos reíamos porque cuando le mirábamos movía sutilmente las cejas hacia arriba. Nuestro guía nos explicó que ese gesto es, al igual que esa pequeña aspiración que hacen al hablar, su manera de decir SI.



Llegamos a Kombolcha con el tiempo justo para cenar e irnos a la cama.

Este es el mejor resumen de los dos primeros días en la carretera:

video

1 comentario:

  1. Cristina, leyéndote y viendo vuestras fotografías estoy disfrutando del viaje desde aquí, con la mente puesta allí...Recordaba un libro que leí recientemente, "En busca de las flores del Paraíso", que además de hablar mucho del khat, permite con su relato transportarte a la vida cotidiana de Etiopía..
    Gracias.

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